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Lo que hay de raro en Kerouac

8 Feb

Es un reto comprender lo que no tiene explicación, lo que no se puede escribir con símbolos. Es imposible olvidar lo inolvidable, por ejemplo, la temblorosa voz de Daniel Johnston en “Don’t let the sun go down on your grievances”, a Thelonious Monk reinventando la rueda, a Cortázar borrando las huellas de Glenda.

En Los subterráneos hay algo que moldea la historia, algo que condiciona las ilusiones más descabelladas o que pinta de negro el romance entre Leo Percepied y Mardou Fox. Algo que ni se entiende ni, por más que lo intento, consigo olvidar.

Son las cosas raras de la vida, de las palabras y de los placeres: obligan a retener momentos y graban retinas en tinta indeleble. Adoro esas constantes latentes. Me encanta tenerlas esparcidas por el suelo y elegir la adecuada para el color del día y pensar en ellas, pensar en los años 80, en el patio mojado y el balón rodando. E imaginar en algún otro lugar, a orillas del mismo mar, a una niña enseñando la lección a sus peluches.

O pensar en una noche queda de otoño (o en un otoño al que le queda una noche) y en ciudades paralelas, demasiado pulcras, demasiado tristes los domingos por la noche. Y en dos chispas que se encuentran por casualidad, se mezclan, se disuelven y se convierten, por arte de Kerouac, en una constante más.

Et voilà!

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Los días de plomo

11 Feb

Lo difícil es tener un sitio por el que empezar a contártelo. Un punto de partida es, muchas veces, la historia en sí. Y daría igual si lo pinto repleto de convencionalismos (“Érase una vez…”), si reconozco con exactitud el día en el que comenzó todo (“Un día de febrero…”) o si finjo que recuerdo cada detalle (“El vestido negro y la fotógrafa, los surfistas, las olas…”).

La historia tiene -no, mejor, DEBE- empezar con buen pie.

Muchas veces he pensado en empezar a escribirla para decirte cómo está todo ordenado en mi cabeza. Y ahora lo tengo casi decidido, creo que ya tengo el principio que buscaba.

Empezaría hablándote del gris del cielo del Norte, de los días de plomo.

Canción para el día después

21 Nov

Me despierto con el estruendo de una hoja cayendo. Hay puzzles sobre la mesa, pedazos de algún álbum imaginario que estrellé contra la pared y la última chispa de nuestro último incendio derramada por el suelo.

Tengo la sensación de un lunes eterno.

Crítica del Sentido Común

23 Oct

En realidad por ahí debimos empezar: el análisis crítico de la filosofía del sentido común, la “filosofía de los no filósofos”, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio. El sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el folklore de la filosofía, y al igual que ésta, se presenta en innumerables formas. Su rasgo más característico es el de ser una concepción disgregada, incoherente, inconsecuente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes de las que se constituye la filosofía. Cuando se forma en la historia un grupo social homogéneo, se elabora también el sentido común homogéneo, es decir, una filosofía sistemática.

Es erróneo pensar que la elaboración de esta filosofía se opone a los grandes sistemas de filosofías tradicionales o a la religión del alto clero. En realidad, estas filosofías que actúan como fuerzas políticas extremas, como fuerza cohesiva de las clases dirigente, como elemento de subordinación a una hegemonía exterior, limitan negativamente el pensamiento original de las masas populares. Es por eso que, aún a día de hoy lo que conocemos como “Sentido Común”, ha extraído sus elementos principales de las religiones. La relación entre el “Sentido Común” y la religión es mucho más íntima que con culaquier otro sistema filosófico de los intelectuales, especialmente con el catolicismo, siempre esforzándose por permanecer unitario superficialmente.

En el catolicismo actual predominan los elementos realistas, es decir, el producto inmedianto de las sensaciones elementales, sin estar esto en contradicción con el elemento religioso. Estos elementos son “supersticiosos”, acríticos.

Por todo ello es necesario cuestionarse hasta a uno mismo. Mirar ahí fuera y después volver a entrar en casa, pegarse junto a la chimenea. ¿Cómo puedo criticar yo a nadie, si ni siquiera me he detenido a criticar lo que me han impuesto?

Gold in the air of summer

19 Jun

Y con las llamas de un verano anudadas a mis oídos, un abismo en el que mirarte; tu dormitorio, tu cama estrecha y tu pared tan cerca; dormir poco o no dormir en absoluto. Pero era tan viejo entonces, y ahora, soy tan joven ahora.

Y como un soldado, apuntar a tus manos y convertirme en mi enemigo; rezar a criminales que se esconden lejos, entre una puesta de sol y un tañido roto; dormir en la rivera, en el bosque, en los suburbios. Pero era tan viejo entonces, y ahora, soy tan joven ahora.

Y las visitas de tres años y cuatro meses, los grillos, los incendios, el hielo. Y la verbena del barrio en junio, el estanque de patos; y Bob Dylan en la radio, un western, tus novelas favoritas. Y era tan viejo entonces, y ahora, ¡soy tan joven ahora!

La vuelta al día en ochenta mundos

27 May

A M que una vez me dijo “Este viaje nos lo merecemos”

Gyara es lo que se dice, una ciudad con encanto. En las guías de los turistas sustituyen los nombres de sus calles – impronunciables en nuestro alfabeto- por descripciones livianas, fáciles de digerir. Pero hace falta visitarla para darse cuenta de que todo lo que la rodea es turbador, extrañamente bello. Los domingos por la tarde sus habitantes desfilan organizados y toman todas las calles para sorpresa de los visitantes. Recitan al unísono suðs. Los suðs no están formados por palabras. Son tan sólo sonidos que a los oídos de estos extraños habitantes resultan relajantes, casi místicos.

Gyara no está a la orilla de ningún mar, sin embargo su sonido, el sonido del agua chocando contra las rocas en los días ventosos o su tranquilo vaivén de verano, se puede escuchar en todos los balcones de la ciudad. La gente coloca en ellos molinillos de papel de colores, jaulas vacías, violonchelos relucientes.

En los mercados de Gyara encontré las mejores cajas de música de esta esquina del mapa. La mayoría de sus habitantes son artesanos. Tallan la madera, fabrican hasta el más pequeño de sus resortes, inventan sus melodías. De hecho, no hay una sola caja de música de Gyara igual a otra. En estos grandes puntos de encuentro, los mercaderes regalan sus productos, todo el mundo tiene lo que necesita, todos pueden sentarse tranquilamente en la terraza de un café y escuchar las melodías que vuelan desde los puestos. Nadie teme que llegue el anochecer, nadie echa de menos nada.

Sólo existe una manera de llegar a Gyara. Si hay una próxima vez, tan sólo quiero que vengas conmigo y lo veas con tus propios ojos. Seremos pronto, uno de ellos.

Factores que afectan al equilibrio

6 Abr

Hace falta más. Por ejemplo:
Una reacción química que
de golpe cambie el calor
por un camino distinto
Entonces alguien escribirá por mí
y repartirá los papeles:
Para ti el comisario negro al que le falta un día para jubilarse
Para ti el idiota que lo estropea todo
Y tú serás el extra en el que nadie se fija
Y tú el que cuelga del mástil de la bandera del rascacielos
Luego acunaremos la noche como se acuna un ultimátum
Y en el minuto noventa
me llevarás al punto fatídico
Desde allí se verá toda tu maldad adorable,
una fila de casas blancas alineadas,
quizá un “hasta nunca”
Y yo sólo acertaré a recordar
unas doscientas o trescientas tardes,
cuatro mil calles de madrugada,
la Quai d’Anjou, Don Giovanni

Coge tú el balón y lánzalo