Trece tristes trances #11: A los puntos

30 May

Conocí a Roberto donde se conocen de verdad a las personas, en uno de los bares menos transitados del Raval. En aquella época Ana ya era un dolor en su espalda. No recuerdo quién dijo qué, cómo fue ese primer momento, esa primera cerveza deslizándose por el esófago. Sólo sé que desde el principio, mi relación con Roberto era una amistad a punto de terminar, como si uno de los dos fuese a huir al día siguiente para no volver. Tenía ese aire de fiesta de fin de curso o de última canción en el último bar abierto, siempre con un cosquilleo de nostalgia en el vientre.

Él ya había dimitido de todo. Ya había cesado de intentar convencer a nadie de lo que era cierto y lo que no sobre él o el mundo o lo que fuera que estuviera en cuestión, pero manteniéndose firme en sus opiniones, por lo general dogmáticas y demasiado planas. Por eso tenía ese aire resabiado que tanta gracia nos hacía a los dos (y que creo que Ana lo detestaba). Solía hacérselo notar a la mínima oportunidad, cuando algo no iba como él pensaba que debía ir, cuando se desviaba medio centímetro de sus planes.

Mi vida sonaba por aquel entonces a pequeño vals vienés y a melodía saltarina de western, cuando John Wayne cabalga ladera abajo. Era una época de victorias por incomparecencia del rival, de ganar a los puntos a un rival con los brazos escayolados: algo de lo que no es preciso sentirse orgulloso, pero sí razonablemente satisfecho. A Roberto le horrorizaba. Me daba palmaditas en la espalda, desde el infierno de su banqueta de bar, y me hablaba de su jefe -un imbécil, un déspota, un jefe al fin y al cabo-, del carísimo alquiler de su piso medio en ruinas en el Carrer de Canalejas y de Ana.

De Ana hablaba a todas horas.

Aquel día salíamos muy borrachos del bar, como era ya costumbre los martes noche o los días pares, o los días cuyos nombres acabasen en “S”, o quizá era fin de semana y era suficiente excusa. Y doblamos en el Passatge d’Elisabets buscando otro bar donde arrimarnos a las miserias de Roberto, a mi vacío cada vez mayor. Y allí estaba ella, con un jersey que le estaba enorme (un jersey que después imaginé, sería de Roberto), muerta de frío, llorando y sentada, con la espalda apoyada en una puerta llena de viejos carteles de conciertos y cotillones de Nochevieja.

Me quedé helado viendo aquellas lágrimas brotar, su pequeña nariz roja, la goma en el pelo sujetando torpemente su pelo. Había estado buscándonos horas en lugares poco recomendables, sola, desesperada. Y Roberto se enzarzó con ella en una discusión que no parecía tener fin. Le lanzó una mirada de desprecio, mil y un reproches. Ana no podía llorar más, miraba desde abajo con los ojos húmedos y la boca entreabierta. Ya no quedaba ni un solo gramo de amor propio ni de dignidad, ni un solo centímetro cuadrado de piel que proteger de las palabras de Roberto.

Y mientras yo, en un segundo plano, apoyado sobre la pared opuesta de la calle estrecha, sentía que todo el alcohol que había bebido se iba en las lágrimas de ella, gota a gota. Y, de pronto, Ana me lanzó una mirada escueta, un telegrama en el estrecho de Gibraltar. Vi con claridad su expresión, sus labios rojos, su pequeña cara blanca, su cuello delgado y sus larguísimas pestañas. Y en ese segundo, en ese preciso siglo que duró mi amor por ella, busqué una botella vacía tirada en el suelo y la nuca de Roberto.

– Así que fue así como sucedió. Así fue como le mató.

– Sí, así fue como me enamoré de Ana.

– No hay más preguntas, señoría.

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2 comentarios to “Trece tristes trances #11: A los puntos”

  1. Laura mayo 30, 2011 a 7:09 pm #

    Madre del amor hermoso.
    Tú sigues calando como siempre 🙂
    Se te echa de menos por mi pequeño lar.
    Mua!

  2. Escribiente junio 2, 2011 a 5:51 pm #

    Cuando de la piel de alguien se borra hasta el último centímetro cuadrado de dignidad -me ha encantado la frase porque ahí están muchas claves- puede ocurrir que se desencadenen el amor y el odio, la vida y la muerte.

    Eso siempre pone al borde de uno, incluso múltiples, precipicios.

    Buen relato, como siempre.
    Un abrazo.

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