La Ciudad Invisible (II): Oporto

15 01 2009

Mirábamos el río y el río nos devolvía la mirada. Los días y las noches caían enredados a nuestros pies, bañados en vinho verde, en una ciudad con hechuras de dama de clase alta, con sus miserias, sus locuras y su árbol genealógico. Y al amanecer nos acercábamos a sus aguas mientras nuestros padres, en el dormitorio, soñaban con la nada y a cambio obtenían nada. Mirábamos el fuego mientras susurrabas “Éste es mi color favorito”, y los cristales rotos de todo Oporto temblaban de frío. Y la catedral a tu lado parecía más un cuartel, con su patio de armas, sus gárgolas amenazando, sus conquistas en los peldaños de la escalinata. En los cafés Rimbaud, en los teatros Sófocles, en el tranvía Pound y en las fachadas todo un desfile de grises. Y tu corazón y tu sangre eran amables, calientes. Eran todo lo que necesitaba. Y una mañana, perdiéndome en el mercado Bolhao, sentí la ausencia. Y corrí hacia el río para mirarlo, pero el río, ese maldito viejo miserable, ya nunca volvió a levantar la vista.





La ciudad invisible (I): San Sebastián

26 10 2008

Ahora que me pongo a pensarlo despacio, sin una espada de Damocles temblando, ni ese veneno en las venas, ni tu boca dibujando un “no” y una exclamación, creo que quizá aquel personaje, aquellas iniciales en el periódico no fueran lo que pensábamos.

No era la chica rubia que esperaba bajo la lluvia el treinta y tres, que llegaba a casa fumando y, sin importarle el terco viento del Cantábrico, apuraba sus últimas caladas antes de entrar en el portal. Que dejaba la ropa interior tirada por el suelo y no lograba acabar ninguno de sus libros de poesía.

No era el viejo que jugaba con la arena en la playa de Ondarreta, que la mimaba como a un niño, abrazándola fuerte en la palma de la mano, para liberarla despacio, observando sus adornos en el aire convirtiéndose después en un todo divisible pero sin sentido fuera de él.

Tampoco éramos nosotros, que despreocupados nos sentábamos en la primera fila del cine. “Quiero que vean lo que nos queremos”, decías entre risas. Tampoco éramos nosotros porque no conseguí encerrarte entre los surcos de tu vinilo favorito, para que acabaras siempre en el centro sin poder salir, sin escapatoria, que no pudieras dejar de necesitarme: soy así de miserable.

Quizá aquellas iniciales eran la esquela de alguien que desde el mirador de Igueldo – como Sartre – sonreía viendo a la chica con su cigarro, al viejo y su sonrisa de loco, a nosotros creyéndonos invecibles. Y que decidió antes de ceder y dejarse llevar mar adentro que habíamos llegado demasiado lejos, que el treinta y tres no volviera a pasar a tiempo; que Ondarreta fuera al encuentro de la pleamar y fuera engullida sin más; que el cine, los discos y yo dejáramos de interesarte.