Crítica del Sentido Común

23 10 2009

En realidad por ahí debimos empezar: el análisis crítico de la filosofía del sentido común, la “filosofía de los no filósofos”, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio. El sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el folklore de la filosofía, y al igual que ésta, se presenta en innumerables formas. Su rasgo más característico es el de ser una concepción disgregada, incoherente, inconsecuente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes de las que se constituye la filosofía. Cuando se forma en la historia un grupo social homogéneo, se elabora también el sentido común homogéneo, es decir, una filosofía sistemática.

Es erróneo pensar que la elaboración de esta filosofía se opone a los grandes sistemas de filosofías tradicionales o a la religión del alto clero. En realidad, estas filosofías que actúan como fuerzas políticas extremas, como fuerza cohesiva de las clases dirigente, como elemento de subordinación a una hegemonía exterior, limitan negativamente el pensamiento original de las masas populares. Es por eso que, aún a día de hoy lo que conocemos como “Sentido Común”, ha extraído sus elementos principales de las religiones. La relación entre el “Sentido Común” y la religión es mucho más íntima que con culaquier otro sistema filosófico de los intelectuales, especialmente con el catolicismo, siempre esforzándose por permanecer unitario superficialmente.

En el catolicismo actual predominan los elementos realistas, es decir, el producto inmedianto de las sensaciones elementales, sin estar esto en contradicción con el elemento religioso. Estos elementos son “supersticiosos”, acríticos.

Por todo ello es necesario cuestionarse hasta a uno mismo. Mirar ahí fuera y después volver a entrar en casa, pegarse junto a la chimenea. ¿Cómo puedo criticar yo a nadie, si ni siquiera me he detenido a criticar lo que me han impuesto?





Gold in the air of summer

19 06 2009

Y con las llamas de un verano anudadas a mis oídos, un abismo en el que mirarte; tu dormitorio, tu cama estrecha y tu pared tan cerca; dormir poco o no dormir en absoluto. Pero era tan viejo entonces, y ahora, soy tan joven ahora.

Y como un soldado, apuntar a tus manos y convertirme en mi enemigo; rezar a criminales que se esconden lejos, entre una puesta de sol y un tañido roto; dormir en la rivera, en el bosque, en los suburbios. Pero era tan viejo entonces, y ahora, soy tan joven ahora.

Y las visitas de tres años y cuatro meses, los grillos, los incendios, el hielo. Y la verbena del barrio en junio, el estanque de patos; y Bob Dylan en la radio, un western, tus novelas favoritas. Y era tan viejo entonces, y ahora, ¡soy tan joven ahora!





La vuelta al día en ochenta mundos

27 05 2009

A M que una vez me dijo “Este viaje nos lo merecemos”

Gyara es lo que se dice, una ciudad con encanto. En las guías de los turistas sustituyen los nombres de sus calles – impronunciables en nuestro alfabeto- por descripciones livianas, fáciles de digerir. Pero hace falta visitarla para darse cuenta de que todo lo que la rodea es turbador, extrañamente bello. Los domingos por la tarde sus habitantes desfilan organizados y toman todas las calles para sorpresa de los visitantes. Recitan al unísono suðs. Los suðs no están formados por palabras. Son tan sólo sonidos que a los oídos de estos extraños habitantes resultan relajantes, casi místicos.

Gyara no está a la orilla de ningún mar, sin embargo su sonido, el sonido del agua chocando contra las rocas en los días ventosos o su tranquilo vaivén de verano, se puede escuchar en todos los balcones de la ciudad. La gente coloca en ellos molinillos de papel de colores, jaulas vacías, violonchelos relucientes.

En los mercados de Gyara encontré las mejores cajas de música de esta esquina del mapa. La mayoría de sus habitantes son artesanos. Tallan la madera, fabrican hasta el más pequeño de sus resortes, inventan sus melodías. De hecho, no hay una sola caja de música de Gyara igual a otra. En estos grandes puntos de encuentro, los mercaderes regalan sus productos, todo el mundo tiene lo que necesita, todos pueden sentarse tranquilamente en la terraza de un café y escuchar las melodías que vuelan desde los puestos. Nadie teme que llegue el anochecer, nadie echa de menos nada.

Sólo existe una manera de llegar a Gyara. Si hay una próxima vez, tan sólo quiero que vengas conmigo y lo veas con tus propios ojos. Seremos pronto, uno de ellos.





Factores que afectan al equilibrio

6 04 2009

Hace falta más. Por ejemplo:
Una reacción química que
de golpe cambie el calor
por un camino distinto
Entonces alguien escribirá por mí
y repartirá los papeles:
Para ti el comisario negro al que le falta un día para jubilarse
Para ti el idiota que lo estropea todo
Y tú serás el extra en el que nadie se fija
Y tú el que cuelga del mástil de la bandera del rascacielos
Luego acunaremos la noche como se acuna un ultimátum
Y en el minuto noventa
me llevarás al punto fatídico
Desde allí se verá toda tu maldad adorable,
una fila de casas blancas alineadas,
quizá un “hasta nunca”
Y yo sólo acertaré a recordar
unas doscientas o trescientas tardes,
cuatro mil calles de madrugada,
la Quai d’Anjou, Don Giovanni

Coge tú el balón y lánzalo





El rapto de Elena

3 04 2009

La puerta abierta finge una silueta al otro lado. La conspiración de un final (no importa que sea feliz, sólo que sea un final) se presenta, se sienta, enciende un cigarrillo, me mira sin hablar. Y me pierdo en los detalles, en su ropa y en ese peinado a lo Bette Davis. La tensión es un hilo que tira de la piel en mi espalda, que me impide pensar con claridad, que me dice lo absurdo que resultan los aplausos al aterrizar y la música de los supermercados y los poemas que descubrí en el bolsillo de mi abrigo viejo. Lo absurdo que es, en suma, comenzar esta guerra por el mero hecho de rebelarnos contra los dioses invictos de la Tozuda Realidad. Así que por mí, que empiece la música y que salgan los créditos: lo único que necesito es un final.





Lección de claqué #3

23 03 2009

Me miraste tratando de discernir mis átomos del todo que formaban las palabras. Y en segundo plano, la ciudad desierta y el aire rasgado por una mariposa blanca y negra. Todo, como en un beso de película, perdía peso ante el argumento de aquella tarde roja del verano más inmenso. ¿Por qué (no es una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) rimaban todos nuestros deseos con el quejido de un imposible? Y justo después, después del escandaloso silencio de dos miradas cruzándose, se rompieron todas las ventanas, y llovieron cristales, y el aire paseó por unos hombros desnudos. Sonaron los discos rotos, las campanadas de un reloj maldito en la estación. ¿Por qué (no es una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) tratamos siempre de esconder una obsesión malsana por la pirueta más difícil? Y salí a pasear por Madrid como un enfermo que cambia de postura en la cama, rodeado de gente saludable, de ignorantes; de gente sin esperanza, músicos sin audiencia, yonkis, poetas de abecedarios gastados. Y cerré los ojos y sustituí el tráfico por el sonido del mar, la gente por la espuma contra las rocas. ¿Por qué (y no es una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) la vida está llena de hermosuras así?





La prueba del nueve

3 03 2009

Y vi a un hombre viejo regar agujeros en la tierra. Ciudades azules sobre las que volaba el mundo ahogándose. Vi hilos siendo manejados, al dios que creó el mundo en seis días y que desde entonces no ha hecho más que huir de él. Ahora los planes se sellan en silencio, las venganzas se cumplen, los verbos del sufrimiento pasean por los dormitorios. El cielo responde con misiles cayendo desde tan arriba que podrían ser divinos. Y las calles se pavimentan de refugiados y nadan por ellas los tullidos. Y los días son noches, y las noches son largas. Y en las caderas de una joven, con la primavera esparcida por el suelo, rebota el sonido, se amplía, vibra nuestra inocencia. Y te recuerdo allí, sobre el escenario, recogiendo las flores que hubiera querido lanzarte yo.





Play this loud!

6 02 2009

En aquella época te escribía a todas horas, en el autobús de vuelta a casa, en los márgenes de Un mundo feliz, Barcelona 1982, en las puertas de los lavabos. En aquellos días, los fines de semana eran agujeros en el tiempo, los lunes un desierto, las vidas una broma de mal gusto.
Y yo presentía, no me preguntes ni cómo ni por qué, que todo tiene un final. Como el niño que juega a las puertas de un hospital, conocía que la muerte era una certeza sin nombre ni cara, inevitable. Cuántas veces me habré preguntado desde entonces si merece la pena prepararse para el golpe de gracia o si debí agarrarme a los domingos, nuestros extraños domingos, y olvidarme del mundo.
En aquella época las novelas eran nuestra ventana al mundo, la hipnótica voz de John Bramwell un precipio a lo desconocido. Por aquel entonces desayunábamos miradas, las manecillas del reloj reían.
En aquella época, sólo importábamos nosotros, y la vida, ¡la vida ha cambiado tanto!





Una razón para odiarte es suficiente

7 01 2009

Me descubro, señoras y señores, ante la vasta grieta en la pared.

Escuchen, sean testigos finales del sufrimiento ajeno, de las náuseas, las bodas en secreto, las cosechas, las licorerías; de las despedidas y de la última vez que suena este vals. Porque se me acabaron los ¿Vendrás mañana? y los versos que copiar.

Pasen, quedan pocas entradas para los mejores asientos. En el entreacto se servirán bebidas e inviernos circulares que les atraparán sin remedio, les dejarán absortos y exhaustos: experimentarán la injusticia, la barbarie, pero también notarán que algo ha cambiado en el aire de esta terrible ciudad.

Entren ya, antes de que la pena, esta enorme pena que oprime mi pecho de mal actor, termine por estropearles semejante espectáculo.





(El porqué de la Nochevieja)

31 12 2008

Para ti porque tu muerte está siendo ya demasiado larga, tan larga como mi vida, arreglo el jardín bajo la tenue luz del plomo de invierno.
Para ti escribo, ocultándote que la bailarina en la cajita es una ilusión, un resorte que gira, una música enlatada.
Para ti bautizo este barco “Tragedia, Naufragio y Final”, para que el vendaval no nos coja por sorpresa y sea el preludio del último baile y de nada más.
Para ti despierto en esta habitación en París, llena de polvo, tan joven ¡y tan destruído! Como en las novelas que ya nadie lee, entre la pared y una muerte ficticia que no se manifiesta pero a la que sólo me queda por preguntarle: ¿quién soy yo?