En realidad por ahí debimos empezar: el análisis crítico de la filosofía del sentido común, la “filosofía de los no filósofos”, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio. El sentido común no es una concepción única, idéntica en el tiempo y en el espacio: es el folklore de la filosofía, y al igual que ésta, se presenta en innumerables formas. Su rasgo más característico es el de ser una concepción disgregada, incoherente, inconsecuente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes de las que se constituye la filosofía. Cuando se forma en la historia un grupo social homogéneo, se elabora también el sentido común homogéneo, es decir, una filosofía sistemática.
Es erróneo pensar que la elaboración de esta filosofía se opone a los grandes sistemas de filosofías tradicionales o a la religión del alto clero. En realidad, estas filosofías que actúan como fuerzas políticas extremas, como fuerza cohesiva de las clases dirigente, como elemento de subordinación a una hegemonía exterior, limitan negativamente el pensamiento original de las masas populares. Es por eso que, aún a día de hoy lo que conocemos como “Sentido Común”, ha extraído sus elementos principales de las religiones. La relación entre el “Sentido Común” y la religión es mucho más íntima que con culaquier otro sistema filosófico de los intelectuales, especialmente con el catolicismo, siempre esforzándose por permanecer unitario superficialmente.
En el catolicismo actual predominan los elementos realistas, es decir, el producto inmedianto de las sensaciones elementales, sin estar esto en contradicción con el elemento religioso. Estos elementos son “supersticiosos”, acríticos.
Por todo ello es necesario cuestionarse hasta a uno mismo. Mirar ahí fuera y después volver a entrar en casa, pegarse junto a la chimenea. ¿Cómo puedo criticar yo a nadie, si ni siquiera me he detenido a criticar lo que me han impuesto?

