Que las cosas no son siempre lo que querríamos ha quedado claro. A veces lo tienes ahí, enfocado en la lente de tu cámara, las teclas esperando a crear palabras, el primer día de verano prometiéndote, el pase de la muerte. Qué puedo decirte que no sepas.
Que la tarde que te conocí llovía y hacía frío y tú te detuviste en un escaparate. Que en el escaparate lucían dos zapatos rojos. Que brillaban, que brillabas. Y todo fue a toda velocidad, con las nubes rozando las antenas de televisión y doblándolas sin esfuerzo.
Y todo fue a toda velocidad, el Marais, los malabaristas, tus peinados. Que creaste un pequeño universo dentro de un vaso de ginebra como quien escribe una leyenda. Que hiciste que los lunes se multiplicaran, que las nubes rozaban ya las farolas y el vino el filo de la copa.
A toda velocidad la piazza Cadorna, el mes de mayo, Rayuela. Y yo no supe exprimirlo sin pararme a descansar, a beberme con ansia lo que habías dicho.
Te marchaste por el este, por el Boulevard Beaumarchais, hacía frío y llovía. Y qué puedo decirte que no sepas. Que algún día el sol volverá a salir.

Bendita revolución
Te debía una visita, y aquí está. Cuando te da por hacer de las palabras todo esto, dan ganas de salir a pasear (acompañada) y sonreír.
Besitos.
Pues claro.