Para todo he necesitado siempre un empujón. Cada entrada aquí, como un pequeño maratón, ha venido precedido de la canción perfecta, en el momento perfecto, para el recuerdo perfecto. Ahora las primeras frases ya no me importan. No me importa renunciar a ser un sabio, a saber qué es lo que se supone que viene después de cada beso, de cada tren dejando atrás un andén cualquiera. Es más, renuncio a todo lo que antes me abrazaba como un niño, a mis días a la orilla del mar.
Podemos hacer lo que quieras de ellos. Podemos ridiculizarlos, recordarlos, creer en ellos y en sus fantasmas o vivir de sus migajas los próximos siglos. He tendido a simplificarlo todo. Ahora necesito únicamente las dos cosas que he aprendido después de tanto tiempo.
Ya sé dónde y con quién puedo hacer desaparecer mi niebla de guerra, nuestro miedo rojo.

