La ciudad invisible (I): San Sebastián

26 10 2008

Ahora que me pongo a pensarlo despacio, sin una espada de Damocles temblando, ni ese veneno en las venas, ni tu boca dibujando un “no” y una exclamación, creo que quizá aquel personaje, aquellas iniciales en el periódico no fueran lo que pensábamos.

No era la chica rubia que esperaba bajo la lluvia el treinta y tres, que llegaba a casa fumando y, sin importarle el terco viento del Cantábrico, apuraba sus últimas caladas antes de entrar en el portal. Que dejaba la ropa interior tirada por el suelo y no lograba acabar ninguno de sus libros de poesía.

No era el viejo que jugaba con la arena en la playa de Ondarreta, que la mimaba como a un niño, abrazándola fuerte en la palma de la mano, para liberarla despacio, observando sus adornos en el aire convirtiéndose después en un todo divisible pero sin sentido fuera de él.

Tampoco éramos nosotros, que despreocupados nos sentábamos en la primera fila del cine. “Quiero que vean lo que nos queremos”, decías entre risas. Tampoco éramos nosotros porque no conseguí encerrarte entre los surcos de tu vinilo favorito, para que acabaras siempre en el centro sin poder salir, sin escapatoria, que no pudieras dejar de necesitarme: soy así de miserable.

Quizá aquellas iniciales eran la esquela de alguien que desde el mirador de Igueldo – como Sartre – sonreía viendo a la chica con su cigarro, al viejo y su sonrisa de loco, a nosotros creyéndonos invecibles. Y que decidió antes de ceder y dejarse llevar mar adentro que habíamos llegado demasiado lejos, que el treinta y tres no volviera a pasar a tiempo; que Ondarreta fuera al encuentro de la pleamar y fuera engullida sin más; que el cine, los discos y yo dejáramos de interesarte.





Cuadernos de domingo

20 10 2008

F. se pregunta por qué los barrios del oeste son siempre más bonitos; por qué sólo marzo mayea y todo el otoño se tiene que conformar con un triste veranillo de San Martín; por qué a todo el mundo le duele la tripa de reírse y a él, en cambio, lo que le duele es el pecho; por qué sonríe cuando es una sonrisa sin significado, vacía; por qué le gusta tanto dormirse con las voces viniendo de una pequeña radio a su lado.

F. se ríe de los jóvenes con la música absurdamente alta en sus coches de colores chillones; se dice que esta vez sí, que esta vez es posible; maldice todas y cada una de las vidas echadas a perder; detesta la manipulación; adora la voz de Janis Joplin y las canciones de Belle & Sebastian.

F. madruga los domingos para ver entrar a los viejecitos en la iglesia y a los borrachos volviendo a casa y entonces abre su cuaderno y escribe una frase cualquiera, aunque parezca absurda. Y ayer sólo escribió: “Intentaré mi última hazaña: quiero besarte a la sombra de un tren rápido”.





Discos para un mundo mejor (III)

20 10 2008

Estoy metido de lleno en un dilema profundo y sé que me llevará más de una vida resolverlo: no sé si es más fácil hablar de un disco desconocido para el gran público o hablar de algo tan importante como Bob Dylan. Y puestos a complicarlo todo, ni siquiera sabría por cuál de sus discos se debe empezar a hablar de él.

Pura subjetividad, pensará alguno. Y tiene razón. Todo arte en general, posee un elemento de subjetividad grande, que trasciende al superficial “me gusta” o “lo detesto”. Alguien escribió que hablar sobre música era absurdo, tan absurdo como bailar sobre arquitectura. Pero en estos días es difícil* encontrar arte que siga significando algo a los que reciben el mensaje, ya sea musicado o pintado; escrito o fotografiado. Somos tan sólo posibles clientes/compradores del próximo niño con el pijama de rayas de turno.

Mis viejos vinilos me sacan en tardes tontas como ésta, de esa amnesia colectiva. Pero no, yo tampoco estoy libre de pecado.

Blonde on Blonde (1966) es una de esas OBRAS DE ARTE (con mayúsculas) que me detienen para pensar en el mundo, sí, pero sobre todo en las personas. En cómo somos capaces de hacer cosas tan perfectas como ésta y destruir al mismo tiempo tanta belleza. Blonde on Blonde (acrónimo de Bob) es pura poesía: aún me sorprende escuchar como las palabras, fusiladas desde la boca entreabierta de Dylan, son puro ritmo. Ellas solas llevan la música incorporada, como si no hiciera falta la guitarra (quizá por esa capacidad de auténtico poeta, Dylan nunca consideró necesario mejorar su técnica al tocarla), ni la batería, ni la armónica. Estas poesías recitadas, son más que suficientes -obviando su conocida calidad literaria- para emocionar.

Lennon dijo que no había nada conceptualmente mejor que el rock’n'roll. Dylan supo canalizar toda la tradición del blues, el rock, y el folk para escribir canciones irrepetibles como esta Sad-eyed lady of the Lowlands la primera canción de la historia en ocupar toda una cara de un LP, cuyo arranque mágico es suficiente para entender que lo que se está escuchando no es una canción más, de un compositor más.

Con tu boca de mercurio en tiempos misioneros/ Y tus ojos de humo y tus plegarias como versos/ Y tu cruz de plata y tu voz de campana/ ¿Quién de ellos piensa que podría enterrarte?/ (…)/ Triste dama del llano/ Donde el profeta de ojos tristes dice que nadie vendrá/ Mis ojos de almacén, mis tambores árabes/ ¿Debo dejarlos junto a tu puerta/ O debo acaso esperar, triste dama?

* que no imposible…

(Explicación para este video tan “peculiar”: no existe en youtube un video con imagen fija de la canción al completo. Mis disculpas.)





Lección de claqué #1

14 10 2008

Mira esta supernova verde y azul
Es bella y repugnante a la vez
Rueda libre y
en su camino libera
energía y dolor en cantidades desiguales
Y se mezclan en su estela
la hipocresía de sus mañanas
con las idas y venidas de los números
de los sucios juegos de la avaricia
Y rodea con sus brazos
la sumisión del insignificante:
baila y sonríe, maldito
sólo es cuestión de ritmo

Y un, dos, tres
un, dos, tres





Breve inciso (VIII): El hombre más alto del mundo

11 10 2008

(Me hace falta sólo un vistazo al espejo para saber que repito frases como un necio enredado en el juego de la fe, que te atrapa entre el conocimiento y la razón para acabar quitándotelo todo.)

Yo lo que quiero es saber lo que tú sabes y pintar mis paredes del color del agua mientras te oigo un “no llores más, por favor”. Y estar aquí y allá, y ver lo que ve todo el mundo, en todas partes, todo el tiempo, mientras jadeando contigo beso tus muñecas y tu frente: mi lápida.