Ahora que me pongo a pensarlo despacio, sin una espada de Damocles temblando, ni ese veneno en las venas, ni tu boca dibujando un “no” y una exclamación, creo que quizá aquel personaje, aquellas iniciales en el periódico no fueran lo que pensábamos.
No era la chica rubia que esperaba bajo la lluvia el treinta y tres, que llegaba a casa fumando y, sin importarle el terco viento del Cantábrico, apuraba sus últimas caladas antes de entrar en el portal. Que dejaba la ropa interior tirada por el suelo y no lograba acabar ninguno de sus libros de poesía.
No era el viejo que jugaba con la arena en la playa de Ondarreta, que la mimaba como a un niño, abrazándola fuerte en la palma de la mano, para liberarla despacio, observando sus adornos en el aire convirtiéndose después en un todo divisible pero sin sentido fuera de él.
Tampoco éramos nosotros, que despreocupados nos sentábamos en la primera fila del cine. “Quiero que vean lo que nos queremos”, decías entre risas. Tampoco éramos nosotros porque no conseguí encerrarte entre los surcos de tu vinilo favorito, para que acabaras siempre en el centro sin poder salir, sin escapatoria, que no pudieras dejar de necesitarme: soy así de miserable.
Quizá aquellas iniciales eran la esquela de alguien que desde el mirador de Igueldo – como Sartre – sonreía viendo a la chica con su cigarro, al viejo y su sonrisa de loco, a nosotros creyéndonos invecibles. Y que decidió antes de ceder y dejarse llevar mar adentro que habíamos llegado demasiado lejos, que el treinta y tres no volviera a pasar a tiempo; que Ondarreta fuera al encuentro de la pleamar y fuera engullida sin más; que el cine, los discos y yo dejáramos de interesarte.

