Fue en el arroyo de Bebederos donde se desveló el misterio: tú y yo vivimos y morimos mientras el azul de nuestros días palicede como un enfermo que cambia de postura en la cama. Sólo el fluir tranquilo del agua de la primavera pasada es testigo de ese momento, y de fondo suena – si mi memoria no quiere adornarlo – Thunder Road.
- Siempre quisiste acabar así, a lo grande, haciéndonos la vida imposible, como en una novela de esos escritores depresivos que lees. Piensas que si no fuese así, estaríamos perdiendo la esencia de los finales trascendentales. Y te equivocas, no hay necesidad de todo esto. Sólo hay que saber dónde decir basta y transportar cada uno el dolor por su lado. Ahora entiendo los fantasmas que tenías en tus ojos cuando te conocí, cuando gritabas mi nombre de noche por las calles. Simplemente has llegado demasiado lejos y has perdido el hilo del argumento de esa novela del que eres un escritor frustrado y que dudo que llegues a acabar sin antes enloquecer. Ahora llévame a casa, no quiero perder ni un segundo más.
Y en el coche de vuelta a casa, parecía no haber ocurrido nada. Parecíamos las mismas personas que tiempo atrás reían de todo y de nada, que se peleaban por el paraguas en otoño y por llegar primero a la ducha los días de calor. Quizá tuvieses razón en que soy un escritor frustrado o en que mi locura es la crónica de lo inevitable. Pero mientras conducía camino a tu portal, miraba tus muslos bajo tu falda: sigues siendo la misma y yo, ódiame, sólo soy apariencia.

