Vuelvo la esquina esperando el sol que Thomas prometió en su poema, mientras juego con mi destino como Hegel, aderezándolo de polémica y tragedia. Rozando mi piel únicamente encuentro el frío aire que afilamos anoche desde la atalaya. Y quiero correr hacia él, abrazarlo, desabrocharme la camisa y dejar que se clave; escuchar sus acordes crecer, amables y elegantes o adornar mi solapa con sus condecoraciones volátiles de palabras disueltas en el tornado de la cama.
Y era previsible mi fracaso, pero por un momento creí ser capaz de entender su movimiento: un vaivén lineal – como nuestro mar en calma – que dora las señales de tráfico y el amanecer, reptando por el pavimento que crece separándonos constantemente. Lo dejé escapar al llegar a casa y desnudarme frente a la ventana y darme cuenta de que tras los cristales, nada puede afectarme.
Todo resulta en vano ahora. El viento ha cesado y yo ya no tengo ganas de correr.

