The Blue Whale Ballad

13 02 2008

Debí dejar este camino hace siglos, cuando me di cuenta de que ya no tiene guardada para mí la pena, es cierto, pero tampoco la gloria. Sólo tiene luces potentes preparadas para cegarme y clavarse sobre la cadencia con la que me columpio, fingiendo que el suelo está repleto de dragones y monstruos amenazándome.

Sólo entiende de nombres cuando están impresos sobre tarjetas de crédito, y de sentimientos el 14 de febrero. Sólo conduce al Este del Este, donde los títulos de los libros son dogmas que nos hacen aprender y repetir tal y como a mi me gustaría escucharte declamando las cartas que nunca tuve el valor de enviarte.

Pero no hay batalla sin guerra: te encontré en el estómago de una ballena azul y tus joyas y perlas, como balsas de aire en medio del océano, son las que me mantienen a flote. Y estoy seguro de que este impulso que ahora me afano en tomar será suficiente para alcanzarte lejos de aquí, en la cima de alguna colina desde la cual veamos este triste peregrinar de la civilización.





The Sea & The Rythm

4 02 2008

- Te equivocas. Mintió aquel que dijo que incluso los mejores poetas a veces no saben cuándo callarse. Me temo que hay dos posibilidades: o bien no entendió ni una palabra de mi recital o, simplemente, prefirió no escuchar nada, dejar fluir las sílabas por sus sentidos sin dejar huella, como si la nieve virgen de sus oídos fuera lo más valioso que podemos tener. Debió arrodillarse y rezar sin saber muy bien hacia dónde dirigir la mirada – en ese punto, le comprendo: yo tampoco sé de qué sirve mirar al vacío si luego nunca te atreves a saltar – y pedir que no le torturasen más las intrincadas reglas de nuestro lenguaje, que las aliteraciones que nacen en cada acción rudimentaria o cotidiana – los tic-tacs del reloj, los pasos de sus zapatos en la grava del parque – no volvieran a hacerle pensar en aquellos poemas que ahora, uno tras otro y levantados en armas, regresan en un desfile hacia sus flancos descuidados. Debe ser una posición difícil ser perseguido por Blake o por Milton, por Coleridge o por Baudelaire, mientras Cortázar afila las armas una vez más, en la retaguardia.

Y sigue sin saber que ahora, en esta huida hacia adelante que se propone, se avivan y cobran más sentido todos sus olvidos, su no me olvides, sus olvídate de olvidar. Y sigue sin saber que está muriendo poco a poco, obviando que de lo que reniega, la poesía, es algo tan pequeño como el inmenso mar que nos aísla; algo tan inerte como el vuelo de tu falda en el Peine de los Vientos.