Palabras

16 11 2007

Arrojé rotas mis últimas páginas. Aquellas en las que me hiciste escribir los versos más difíciles, las líneas más crueles. Ya no son nada. Ya no significan nada. Apuesto a que ni siquiera sería capaz de recomponer esos viejos folios trozo a trozo. Mi memoria ha querido borrar el orden, tus puntos y aparte, mis signos de interrogación.

Los domingos ya no rebuscan en mi cajón de recuerdos con la ansiedad de antes. Me convertí en el ave que nunca emigra al sur, en un actor con miedo al escenario, en un lunes sin prisa, en una luna nueva, en un eterno solsticio de invierno, en un problema sin solución.

Me rodea un paisaje desolador: la posguerra. Y yo, repleto de soldados desconocidos sublevándose, recitando viejas canciones de guerra, llenando mis bolsillos con tu correspondencia, sólo puedo pensar en el momento en el que todo me sonrió bajo el paraguas de tu mirada.

Una mirada hecha de palabras. Sólo palabras.





Restos de un incendio

7 11 2007

Ya no ansío lujos ni poder, tan solo canciones que caigan lentamente, balanceándose y posándose en las hojas de otoño. Nada
más que mañanas tranquilas, silenciosas y escondidas entre las sábanas; tardes lluviosas y un té con leche; noches oscuras en las que se prendan una a una los soles de esta galaxia circular.

Únicamente necesito escalofríos entre verso y verso, entre beso y beso. Y tu aguja para que me enseñe el Norte; un escritorio de madera, una pluma y un pulso firme. Una guitarra y un corazón caliente.

No hay tiempo para quejas. Alégrate ante estas palabras como frente a tu nuevo amanecer. Después de todo, sólo significan que estamos vivos.