Nadie sabe muy bien lo que pasa por la cabeza de Daniel Johnston (Sacramento, 1961). Su mirada suele dirigirse al vacío. The Devil and Daniel Johnston (2005) es la reciente película que así lo atestigua (premiada en la edición de aquel año en el festival de Sundance).
Tampoco conocemos muy bien los demonios que le habitan. Esos demonios que hacen que sus conciertos duren a penas 15 ó 20 minutos ya que el propio Johnston pierde la noción del tiempo. Tan sólo sabemos sus nombres: trastornos bipolares y maníaco depresivos.
El chico problemático, el outsider del folk americano, adoraba a The Beatles, a Bob Dylan y a Neil Young. Colgaba sus discos en el árbol de Navidad de su familia. Desparecía por completo durante meses haciéndose feriante o se perdía en Nueva York volviendo locos a los Sonic Youth que pasaron toda una noche persiguiéndole por la ciudad. Vivía obsesionado, atrincherado en su propio sufrimiento y locura con dos cosas: salir en la MTV y Laurie, la cajera de aquella pequeña tienda de la cual estaba completamente enamorado. Pasó de chico rarito e incomprendido a músico de culto cuando Kurt Cobain salió en las portadas de las revistas de música más importantes del mundo con una camiseta suya, con aquellas ilustraciones que el mismo realizaba una a una para vender cassettes a todos sus amigos e intentar hacerse un hueco. Grababa con un pequeño teclado casio y una grabadora de una sola pletina en el garaje de su hermano, que no tardó en echarle de casa, y tenía por tanto, que repetir la grabación entera cuando alguien le pedía su disco.
Iba a todos los funerales que organizaba las pompas fúnebres del marido de Laurie solo por verla. Su obsesión por el miedo a Dios, inculcado como a todos los cristianos desde pequeño, únicamente servía para aterrorizarle, para trastornarle y lograr que perdiera el control en muchos de sus recitales. Quitó las llaves del contacto de la avioneta de su padre cuando volvían a casa tras el concierto más grande de su carrera y las lanzó por la ventanilla, sobreviviendo de milagro. Pasó por decenas de manicomios. Fue despedido por Atlantic tras vender 5000 copias de su primer y último álbum en la compañía.
Esta y muchas otras cosas llenaban la cabeza de Daniel Johnston. Sólo así se entiende la verdadera veneración que causa su trabajo, que es probablemente el cancionero más crudo, más doloroso y más (extrañamente) bello de los últimos 20 años. Sólo así se justifican los necesarios tributos que gente como Teenage Fanclub, Jad Fair, Flaming Lips, Death Cab For Cutie, Beck o Sparklehorse han hecho en los últimos tiempos. Así, y sólo así se puede llegar a enteder qué se oculta tras discos tan misteriosos y tan jodidamente bonitos como Yip-jump music (1983).
TRUE LOVE WILL FIND YOU IN THE END



