Hoy en día, hablar del tiempo es un mal menor. A las ya de por sí incómodas situaciones cotidianas, las del ascensor o las de las salas de espera, no se les debería agregar un plus de tensión de noticias y actualidad. Mejor evitar hablar de desastres naturales o beneficios absurdamente altos en época de “crisis”.
Music for the Young Miracles ofrece en su primera entrega del 2010 un catálogo para iniciar esas conversaciones que no se quieren tener. Y no es casualidad que empiece y acabe con dos clásicos. ¿Acaso alguien no ha saludado nunca con un “¡Menudo tiempo!” y se ha despedido con un “A ver si mejora para el fin de semana”?
Cuando el vacío se cerró en si mismo por primera vez, no existía ni el tiempo ni el espacio sino tan sólo pequeñas muescas de equilibrio y las carcajadas de los primeros granos de energía robados a la nada. Entonces, las leyes del universo fueron más fuertes y por eso, desde aquel momento, todo acontecimiento que cumpla que su energía ni se pierde ni se destruye, es susceptible de ocurrir.
Imaginemos un lápiz que dibuja un trazo sobre un papel. Ese trazo tendrá una longitud que puede ser reducida a la mitad infinitas veces. Sin embargo, llegará un momento en el que la longitud será demasiado pequeña, inapreciable para nuestro imperfecto ojo. Entonces las normas serán distintas y la mecánica cuántica entrará en el juego. En resumen, la física predice que habrá (paradojas de la naturaleza) un número finito de longitudes y desplazamientos posibles.
Por tanto, aunando las dos ideas, sabemos que el Big Bang que originó la vida en nuestra galaxia está ocurriendo en infinidad de ocasiones. Tan sólo ha de comprobarse la no variación de energía del sistema en cuestión. Y además, si las posibilidades físicas dentro de él no son ilimitadas, sabemos que existen vidas, planetas, galaxias (es más, también personas, amores, novelas…) exactamente iguales a las nuestras.
El universo es como una calle infinita en la que cada dos manzanas hay un cine. La calle continuará y continuará avanzando hacia el horizonte, es sólo que habrá un momento en el que las películas comenzarán a repetirse.
En Music for the Young Miracles pensamos que no hay una frase mejor para empezar un disco en estas fechas que la que Wayne Coyne (The Flaming Lips) recita al principio de ésta, la segunda entrega navideña del sello: “Nunca entendí las religiones, excepto que parecen ser una buena razón para matar”.
Así, entre el ateísmo, la falsa alegría y la subyacente melancolía de estas fechas transcurre Year of the Moose, porque pensamos que el terrible error que ha cometido principalmente la religión católica ha sido perder la fe en el ser humano y porque estas fiestas ya hace mucho tiempo que son de cartón piedra.
¡Feliz año nuevo a todos vosotros, jóvenes milagros!
Hoy recordé que el espacio seguirá siendo inmenso mientras lluevan segundos. Algunos días son torrentes que desbordan en el escritorio, que crean ríos por debajo de las puertas, que anegan los dormitorios. Otros desesperan, como esas tormentas secas que amenazan con golpear y pasan de largo.
Y que lo importante a veces no es recordar los márgenes o las aristas de la vida. A veces es mejor pensar en el camino, ver los muebles dormidos de una casa -de tu vieja casa- y darse cuenta de lo que significa un adiós que no está lejano.
Es extraño, pero sólo así soy capaz de valorar si esto que se viene encima son tan sólo los relámpagos que vimos el último verano o la inundación que lo va a cambiar todo.
Tras la breve pero intensa adoración del paisaje otoñal, este mes nos refugiamos en las grandes urbes antes de que la Navidad nos robe los atardeceres más bonitos del año. Visitamos las ciudades con más encanto del planeta con, además, sabores musicales de lo más diversos.
Me despierto con el estruendo de una hoja cayendo. Hay puzzles sobre la mesa, pedazos de algún álbum imaginario que estrellé contra la pared y la última chispa de nuestro último incendio derramada por el suelo.
Si me supiera invencible te reescribiría las derrotas, todas y cada una de ellas, las del crudo invierno del 68, las de los campos de Castilla, las de las noches que palpitan en tu ciudad. Si me supiera fuerte robaría los acordes a algún músico con pólvora en los dedos, cantaría sus canciones haciéndolas mías (tuyas), bailaríamos hasta el atardecer. Si tan sólo supiera que soy algo, que el aire en noviembre no es frágil como el breve recuerdo que guardo de tus huesos, entonces daría con una palabra: un palíndromo que te diga dos veces cómo te echo de menos.
Music for the Young Miracles ofrece a los oyentes esta vez, un chute de otoño en un lago glaciar, con su playa abandonada, sus sombras cada vez más alargadas, sus hojas por el suelo.
Son 8 canciones de amor y paisajes y fracasos. 8 canciones para poner de alfombra en este otoño de manga corta.
Ningún hilo conduce a la revolución. Sólo la torpe melodía de los astros, con su danza perfecta, milimétrica y vacía, nos recuerda que el mundo tiene gestos que el hombre desconoce. No vamos a cambiar nada. No quiero cambiar nada. En este reposo descansan las ciudades, a penas una ficción de movimiento, el giro sutil que nos anuda al tiempo...nuestros ciclos previstos. Mañana serán ceniza los muslos que hoy amamos. El cielo se desprenderá en bengalas. Llueve Revolución.