Hacía mucho que no paseábamos durante tanto tiempo. En algún punto ahí detrás, a nuestras espaldas, quedamos anclados arañando caminos en la confusión. No sé cuál de los dos tocó fondo primero. El caso es que no conseguíamos romper barreras como lo habíamos hecho hasta entonces: tú seguías pensando que no era nada y yo, apremiado por encontrar el lugar y la fórmula, sólo alcanzaba a ver los suburbios y sus luces.
Ahora atardece en los barrios del Oeste. Vemos peces sobreviviendo en los charcos de la última inundación y todo pasa como a cámara lenta: mis textos acaban por parecerse demasiado, las tardes son eternas y las sombras en el amanecer de mi calle se estiran hasta parecer tan frágiles como nosotros.
Y el cielo, antes un aliado más, aniquila esta comedia sin compasión.
Las cuentas están claras a estas horas: la Tierra orbita a 30,287 kilómetros por segundo; los años en Marte duran 686,98 días; la temperatura de embullición del neón es 300,22 ºC; mi cuerpo, en un salto sin rozamiento, es atraído de nuevo a la superficie con una fuerza igual, en magnitud, a casi 10 veces la masa de la que estoy hecho; Rubber Soul dura exactamente 1840 segundos; con éste, ya son 6 años bisiestos en mi vida; hicieron falta 500 horas para que la supercomputadora Hitachi fuera capaz de calcular 1.351 billones de decimales del número Pi; en los museos del mundo se pueden ver más de 1500 pinturas de Picasso; hace ya 55 años que Dylan Thomas murió en Nueva York.
Aún así, en esta vida de números irracionales y transacciones bancarias -supuesta su lógica aplastante- cada día es más difícil sobrevivir sin el ritmo con el que rompemos las tendencias, las rachas o las Leyes Universales. Hemos rozado veranos con la punta de los dedos y estrellas supernovas con libros inolvidables. Y ahora ya hemos encontrado el camino: últimamente estamos logrando olvidar lo que pudimos ser para creer en lo que somos.
Hasta que en el enjambre de los bostezos, la temperatura y el café cargado
resolví el misterio de este prado que siempre había visto joven, reverdecer
habían pasado por mis manos temblorosas muchas buenas jugadas
(Esas que otros aprovecharían para machacar contrincantes,
o elevar en enormes mástiles egos desmesurados,
o trabar poetas con el silvido de las balas) Y todas me parecieron superficiales
Rehuí creer en finales felices del deshielo
Y en las razones de ser de cualquiera de tus guerras
encontré cerrojos imposibles de atravesar con sólo dos manos
y dos ojos sin vida y una boca de mercurio herida: tu amor bajo cero
Y eso es, al fin y al cabo, lo que me separa de retorcer el tiempo a tu antojo:
Manos más fuertes, una mirada por encima del hombro y un verano entero sin dolor.
Después de finiquitar Uncle Tupelo, era fácil adivinar que el siguiente proyecto de Jeff Tweedy tenía que ser la confirmación de un talento en ciernes. Pero la comunión que se produjo durante los años que compartió con Jay Bennett fue un trampolín a una de las carreras discográficas más profundas, complejas y talentosas de los últimos tiempos y eso, son palabras mayores.
Summer teeth se publicó el mismo año que este single que llevó por bandera. Una buena sacudida al polvo del folk y el rock americano y, a la postre, unos grandes cimientos para consagrarse como una de las bandas de rock más importantes del nuevo milenio. En el video, en directo en la edición del FIB del 2007.
71. Los Planetas David y Claudia (1996)
La bandera indie nacional por excelencia, Los Planetas, tuvieron un comienzo arrollador. Sigo considerando sus dos primeros trabajos, Super 8 y Pop como dos de los grandes de la década, junto con el que posteriormente cerraría una trilogía excelente, Una semana en el motor de un autobús.
David y Claudia quizá fuera una canción demasiado inocente para lo que los granadinos venían haciendo. De todas formas, sigue siendo una canción fresca, directa, incluso diría que veraniega, en la que la ternura bien entendida, juega con esa oscuridad que da J a las canciones. Lo que ha venido tras esto es historia de la música española. Como su último La leyenda del espacio que será un álbum recordado por muchos muchos años.
70. Hefner Christian Girls (1997)
Realmente, cualquiera de aquellos fantásticos singles que publicaron Hefner podría haber dejado huella en esta lista. Desde The Sweetness Lies Within a The Hymn for the Alcohol todas son canciones excelentes de urban folk pasado por ese tamiz ineludible del pop independiente británico de guitarras. No sé exactamente dónde radica lo que tiene Hefner que me gusta tanto: puede que sea su vocalista y su aire de fracasado y/o pasmado. O puede que sea su voz tan temblorosa e imperfecta la que realza sus letras de ídem.
El caso es que pocas veces se dan tantos singles geniales en un mismo grupo (recomendado queda, por supuesto, el recopilatorio con lo mejor de Hefner para los “nuevos”. Y por escoger uno, Christian Girls, cara B de la no menos increíble A better friend.
No he tenido tiempo para dar rodeos y evitar recurrir a la cobardía de las letras, las pausas y los puntos aparte. Me recreé en tus paisajes imaginarios, escondiéndome en las dunas cuando convenía, arriesgando lo justo. Y ahora es tarde para saber a ciencia cierta por dónde y cuándo se va a romper esta vez la costura que unía este decorado que me rodea con el atrezo de mis estados de ánimo.
Hemos reptado ya por todas las líneas de metro que llevan a algún lugar y hemos recreado fielmente Rayuela de principio a fin: todo sin éxito.
Sólo puedo pensar en persianas rotas por el viento, nuestro viejo disco y sus dos versos.
And I know someday
you’re gonna miss me, honey
Y explotan en mi mente mensajes como oraciones, mantras o ásperos prospectos llenos de formalismos. Como un último domingo al sol.
Hoy, mientras siento las sábanas sobre mí
Como quien siente la plata del subcampeón,
la respiración de su amante,
el viento en un descapotable
Mientras el calor me da escalofríos,
como un hielo que arde en mis labios,
una pluma de plata caída entre mis dedos,
un noviembre entero aguantando la respiración
Hoy, mientras mis libros favoritos
con mis líneas favoritas dentro,
acumulan polvo en sus portadas y sus espacios,
barnizados de miedo y olvido
Mientras las bolsas de plástico
vuelan en espirales y alguien
me intenta explicar las palabras,
el poema, la magia
Hoy, no recuerdo el instante justo,
entendí lo que quisiste decirme:
No somos más que
vacío, separación y espera.
Vuelvo la esquina esperando el sol que Thomas prometió en su poema, mientras juego con mi destino como Hegel, aderezándolo de polémica y tragedia. Rozando mi piel únicamente encuentro el frío aire que afilamos anoche desde la atalaya. Y quiero correr hacia él, abrazarlo, desabrocharme la camisa y dejar que se clave; escuchar sus acordes crecer, amables y elegantes o adornar mi solapa con sus condecoraciones volátiles de palabras disueltas en el tornado de la cama.
Y era previsible mi fracaso, pero por un momento creí ser capaz de entender su movimiento: un vaivén lineal - como nuestro mar en calma - que dora las señales de tráfico y el amanecer, reptando por el pavimento que crece separándonos constantemente. Lo dejé escapar al llegar a casa y desnudarme frente a la ventana y darme cuenta de que tras los cristales, nada puede afectarme.
Todo resulta en vano ahora. El viento ha cesado y yo ya no tengo ganas de correr.
En esta superficie me sobra el oxígeno y las novelas de moda; los estadios vacíos temblando y los furgones de los bancos llevándose primaveras en pleno marzo; las bandas sonoras de películas sin alma y la democracia decorada en dos colores. Quiero bucear hasta ver todo esto como un punto lejano, minúsculo, donde poder construir mi fuerte y reírme hasta llorar. Y borrar de mi mente todas las estupideces que he escrito para volver a sentirlas nuevas, extrañas y remendadas a mi medida. Y sentarme a observarlas, golpeando rítmicamente el escritorio con mis dedos, mientras envilece su fondo y su forma.
Vuestro baile hipnótico
parece citaros en algún punto
del horizonte
O quizá aprovechéis
el traqueteo, la inercia
con la que os abandono
para enredaros eternamente.
Hacéis que el cielo sea
tan grande que no haga falta
levantar la vista para verlo
Y lográis que suelte lastre
Y días sin inspiración,
Y la esencia épica
de lo nuestro.
Porque pocas cosas
mueven tanto y tan a su antojo
mi pulso y las coordenadas
de mi cuerpo como tu corazón eléctrico
y tu esqueleto de metal,
dejo en tus manos la decisión final:
olvidar mis delirios de papel y tinta azul
o resistirme para dejarlos morir
esperando queden impresos sobre ti
al paso del exprés de medianoche.
Debí dejar este camino hace siglos, cuando me di cuenta de que ya no tiene guardada para mí la pena, es cierto, pero tampoco la gloria. Sólo tiene luces potentes preparadas para cegarme y clavarse sobre la cadencia con la que me columpio, fingiendo que el suelo está repleto de dragones y monstruos amenazándome.
Sólo entiende de nombres cuando están impresos sobre tarjetas de crédito, y de sentimientos el 14 de febrero. Sólo conduce al Este del Este, donde los títulos de los libros son dogmas que nos hacen aprender y repetir tal y como a mi me gustaría escucharte declamando las cartas que nunca tuve el valor de enviarte.
Pero no hay batalla sin guerra: te encontré en el estómago de una ballena azul y tus joyas y perlas, como balsas de aire en medio del océano, son las que me mantienen a flote. Y estoy seguro de que este impulso que ahora me afano en tomar será suficiente para alcanzarte lejos de aquí, en la cima de alguna colina desde la cual veamos este triste peregrinar de la civilización.
Ningún hilo conduce a la revolución. Sólo la torpe melodía de los astros, con su danza perfecta, milimétrica y vacía, nos recuerda que el mundo tiene gestos que el hombre desconoce. No vamos a cambiar nada. No quiero cambiar nada. En este reposo descansan las ciudades, a penas una ficción de movimiento, el giro sutil que nos anuda al tiempo...nuestros ciclos previstos. Mañana serán ceniza los muslos que hoy amamos. El cielo se desprenderá en bengalas. Llueve Revolución.